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Columna: Mis padres huyeron de agentes de inmigración, pero mi hermanito quiere ser uno

Me di cuenta de que mis hermanos y yo habíamos vivido diferentes experiencias, lo cual podría explicar en parte por qué no veíamos las cosas de la misma manera.

Norma Cruz con su hijo Israel (Rilín) Pérez.
Cortesía

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Floté sobre las olas del Río Bravo antes de que la tierra definiera mi destino como mexicano o estadounidense.

Soy un “anchor baby”, un bebé de padres inmigrantes que nació en tierra estadounidense.

Fui bautizado en un mundo de inmigración. Una semilla destinada a convertirse en una versión del sueño americano. La presión para convertirme en una persona de bien siempre se ha visto reforzada por mis memorias de lucha: Recuerda lo que tuvieron que pasar tus padres para que pudieras llegar aquí.

Una fuente de motivación para mí es una historia de 1991, cuando mi madre estaba embarazada de mí en un caluroso día de verano.

Ella caminaba por las orillas de lodo del Río Bravo, en el lado mexicano, con su hermano, que le acababa de dar instrucciones: “Súbete a la llanta”.

Mi madre nerviosa se subió a la llanta, clavó las uñas en el hule y se arriesgó a cruzar el río, esperando ver la mano amiga de su hermano en el otro lado. La corriente la golpeó y la derribó de la llanta. Luchó para volverse a subir, sin olvidar su objetivo: llegar a suelo estadounidense.

Ese peligroso viaje fue el segundo de tres que mi madre haría a los Estados Unidos como una mujer embarazada y desesperada, permitiendo que la mayoría de sus hijos nacieran ciudadanos estadounidenses incluso antes de que ella pudiera poder vivir ahí. Fueron viajes peligrosos que nos han servido de combustible emocional a mis hermanos y a mí. Todos hemos tenido como objetivo vivir una vida que valga la pena su sacrificio.

Mis hermanos mayores viven en casas muy bonitas, en vecindarios muy bonitos. Del tipo donde sabes que tendrán buenos dulces de Halloween. Y aunque soy un millennial soltero que todavía no puede pagar una hipoteca, disfruto de mis viajes a Starbucks en el Mercedes-Benz que compré para mi cumpleaños número 29.

Somos mexicoamericanos privilegiados de clase media, listos para heredar nuestro primer patrimonio.

Pero hay algo que siempre nos trae de vuelta a un tema del que nunca podremos alejarnos: la inmigración.

En un fin de semana de Pascua, el más joven de nuestra familia dijo algo que nos provocó a todos: “Quiero postularme para ser agente de la Patrulla Fronteriza”.

Me quedé callado, sintiendo pena por mi hermano pequeño porque sabía que una conversación incómoda estaba a punto de comenzar. Alguien intervino de inmediato y dijo: “¿En serio? ¿Cómo puedes hacer eso después de todo por lo que han pasado tus padres? “

Mi hermano confundido respondió con “¿Cómo?”

Mi madre lo había nombrado Israel, pero yo le digo Rilín, y todavía nos gusta juntarnos y pasearnos entre semana cuando uno de nosotros tiene ganas de una buena y grasosa hamburguesa a las 2 a.m.

Rilín y yo a menudo nos encontramos debatiendo si algún evento específico que experimentamos fue racismo o simplemente un encuentro con una persona muy grosera.

“OK. ¿Cómo exactamente te dio la ‘ketchup’?” le pregunto, y escucho atentamente mientras él lucha con un frustrante tartamudeo, pasando entre el inglés y el español, para tratar de hacer su punto.

Soy el hermano que ayudó a cambiarle los pañales. Lo vi hablando con amigos imaginarios y todavía tengo curiosidad por saber cómo funciona su mente.

Entonces, cuando mi hermano anunció su decisión de unirse a la Patrulla Fronteriza, lo escuché pacientemente. Quería entenderlo. ¿Cómo podía mi familia ver eso como algo moralmente incorrecto cuando Rilín simplemente lo veía como un trabajo con un salario inicial de $49,508 a $78,269 al año?

Después de reflexionar un poco con mi mamá, quien tomó una posición neutral al respecto, me di cuenta de que mis hermanos y yo habíamos vivido diferentes experiencias, siendo de diferentes edades, lo cual podría explicar en parte por qué no veíamos las cosas de la misma manera.

Cuando yo tenía 7 años, mi papá ganaba $120 a la semana cortando el pasto en vecindarios de clase media. Cuando Rilín tenía 7 años, mi padre ganaba $800 a la semana trabajando para rancheros adinerados.

Cuando yo tenía 8 años, mi familia se iba a vivir a México durante meses porque no podíamos pagar la renta estadounidense. Cuando Rilín tenía 8 años, mis padres ya eran dueños de casa.

Cuando Rilín tenía 9 años, mi madre se convirtió en residente legal y mi papá se convirtió en ciudadano. Para entonces yo ya estaba en la universidad, reflexionando sobre los años difíciles que habían vivido mis padres antes de alcanzar esas metas.

Rilín es la realización del sueño que nuestros padres tuvieron para todos sus hijos. Ha vivido más el estilo de vida estadounidense promedio, y todo este asunto de trabajar en inmigración es solo una idea. ¿Y el hecho de no tener que preocuparse por la política de este trabajo con la Patrulla Fronteriza? Es un buen privilegio.

Recientemente, en otro de nuestros viajes nocturnos en automóvil, le pregunté a Rilín sobre su solicitud de empleo con la Patrulla Fronteriza. Y dijo que había tomado una decisión.

“Pensé en tener que detener a una familia y enviarla de regreso al lugar del que estaban tratando de escapar”, dijo. “Y no creo que pueda hacerlo”.

Sonreí y pensé en el Río Bravo. Simplemente no puede dejarnos a los “anchor babies” y bebés fronterizos en paz.