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COLUMNA: Lo que hizo a este reportero salir a votar por primera vez

Votantes de primera generación a veces necesitan ser empujados patrióticamente a participar en la democracia de su país.

Ismael Pérez (izquierda) y su hermano Juan Sanchez luego de votar a principios de octubre.
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Yo solía entrevistar a oficiales de policía en las escenas del crimen cuando habían órdenes de arresto contra mí.

Solía entrar y salir de las conferencias de prensa en la sede de la policía, incluso entrevisté al jefe de policía en su oficina, mientras habían órdenes de arresto contra mí.

Escribía sobre los incidentes de crimen, donde enumeraba a cada persona arrestada y su presunto delito, cuando habían órdenes de arresto contra mí. A veces, escribía un delito como si se tratara de mí, como me imaginaba que aparecería en el periódico:

ARRESTADO

  • Un hombre de 28 años fue detenido por los oficiales el 29 de octubre bajo órdenes de arresto acusándolo de ironía.

A finales de 2015, un oficial diputado me detuvo por tener un trámite vencido y, además, vio que yo conducía sin licencia.

El oficial me dijo que la solución era simple: presentarse a la corte con un nuevo registro y una licencia y todo se resolvería. Pero no lo hice. Y, después de dos o tres años, esas multas se convirtieron en órdenes judiciales.

Entonces yo era un reportero de crimen con la conciencia culpable.

Hace unas semanas en el trabajo, tuve un sentido de ironía similar cuando discutíamos historias sobre salir a votar.

Mi corazón empezó a latir más fuerte. Estaba sudando y mi voz temblaba. Así era como imaginaba que me sentiría cuando un oficial finalmente me detuviera en la carretera, buscara mi historial y llegara el momento de enfrentarme a mis demonios.

Antes de que me asignaran una historia específica, tuve que confesar: “Nunca he votado”.

Mi vergüenza era evidente.

Como un no votante, confesar que nunca había participado en una elección fue como salir del closet como un mal estadounidense. Y como latino, había un sentimiento de culpa adicional.

Entonces, me puse a trabajar. Ese fin de semana, mi amiga Alex Garza me ayudó a registrarme para votar. Llené el formulario y ella me ayudó con el sello y el envío.

Seré honesto, incluso ahora, como votante elegible y registrado, todavía sentía que mi voto no importaba. Alex me empujó hacia la dirección correcta, pero todavía vivía con una familia que creía que votar era una pérdida de tiempo. Se molestaban cada vez que sacaba el tema.

Para aplacar la negatividad, volví al closet. Esta vez como futuro votante inscrito e interesado. Durante ese tiempo, estaba buscando a alguien con quien relacionarme y lo encontré en un viejo amigo, mi hermano Juan Sánchez.

Juan es el tipo de hermano mayor que me defendería si te burlaras de mí por tener papel de baño pegado a mi zapato. Lo cual me ha pasado en la escuela. Solo que Juan era el que se reía. Y yo era el que quería darle una paliza.

El era el hijo que presumían mis padres. El que ayudaba con el trabajo pesado en la casa. Mientras que yo era el que no le gustaba sudar.

“Lavaré la camioneta y cortaré el pasto”, me decía Juan cuando nuestros padres nos asignaban quehaceres. “Puedes sentarte ahí y hacerme compañía”.

Supe que Juan ha estado votando desde que tenía los 18 años. Y a pesar de lo diferentes que éramos de niños, también somos votantes que se preocupan por algunos temas. Me dijo que él se sentía como un votante de primera generación que fue empujado patrióticamente a participar en la democracia.

“Los políticos y las personas que hacían campaña por ellos me tocaban la puerta y se ofrecían a llevarme a las urnas”, dijo. “Si no fuera por ellos, no creo que hubiera votado nunca”.

Este año, Juan y yo estuvimos ahí para animarnos mutuamente. Juan dijo que probablemente no hubiera votado este año si yo no le hubiera dicho. No sé si mi respuesta sería la misma, pero fue un hecho que facilitó la experiencia.

Me ocupé de las órdenes de arresto y nunca fui arrestado. Pero esos años de evitar arreglar mis problemas legales me hicieron vivir incómodo. Odiaba vivir con un gran problema que desde el principio tenía una solución fácil.

Me sentí así los últimos 10 años, cada vez que mis amigos mencionaban por qué votar era importante para ellos.

Ahora que he votado, puedo decir esto de todo corazón: hablen y anímense unos a otros. Este no es el año electoral para esperar y ver qué pasa con nuestro país. Sal y vota.

Ismael Pérez es periodista del Chicago Sun-Times.

Envíe cartas a letters@suntimes.com.